Iglesia Cristiana en Veracruz | ¿Que Significa La Cruz?

¿Que Significa La Cruz?

Hay acciones que realizamos en la vida de manera tan rutinaria que rara vez nos detenemos a reflexionar sobre ellas. Pocas veces nos preguntamos: ¿por qué estoy haciendo esto?, ¿por qué realizo tal o cual acción?

Por ejemplo, cuando subimos a un camión, a un taxi o a un vehículo particular, casi nunca nos cuestionamos: ¿por qué me estoy subiendo a este vehículo? Si lo hiciéramos, la respuesta lógica sería: porque necesito transportarme para dirigirme a un lugar específico.

De manera personal —y quizá muchos también lo hagan— surgen preguntas como: ¿qué estoy haciendo?, ¿dónde estoy?, ¿a dónde voy?, ¿por qué hago esto? Las respuestas a estas interrogantes forman parte de nuestro diario vivir.

De la misma forma, cuando observamos a muchas personas portar un crucifijo en el cuello, colocarlo en las paredes de sus casas, colgarlo del retrovisor de un automóvil o persignarse, es posible que nos preguntemos: ¿por qué lo hacen? La respuesta común es que lo hacen como una manera de expresar su fe: la fe en Aquel que murió en la cruz, Jesucristo, el Hijo del Dios viviente.

Sin embargo, también es importante comprender que, aunque muchos tengan una cruz muy cerca de ellos, en realidad pueden estar muy lejos de lo que la cruz representa. Una persona puede llevar una cruz colgada del cuello y sentirla físicamente, pero aun así estar espiritualmente distante de la cruz, especialmente cuando vive conforme a las obras de la carne.

Cuando se practican pecados como fornicación, inmundicia, disolución, enemistades, pleitos, iras, contiendas, banqueteos y todo aquello que el apóstol Pablo menciona —y denomina como semejantes— en Gálatas 5:19–21, se demuestra que no se está valorando el verdadero significado de la cruz.

La cruz no es un objeto para colgarse al cuello, colocar en el retrovisor de un automóvil o exhibir en la sala o recámara de una casa. La cruz posee un significado que nos traslada de lo físico a lo espiritual.

Para muchos, una cruz hecha de madera, metal o incluso de materiales preciosos como el oro o la plata puede simbolizar su fe. Sin embargo, esto no implica que se pueda disfrutar de los placeres materiales mientras se pretende honrar el significado espiritual de la cruz.

El mismo Maestro Jesús dijo: “Ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres; luego toma tu cruz y sígueme” (Marcos 10:21). Él no dijo: “Disfruta de todo placer que venga a tu mente y luego toma tu cruz y sígueme”.

Cuando los soldados romanos llevaban a Jesús al Gólgota, estaban físicamente muy cerca de la cruz, pero espiritualmente muy lejos de ella, pues no comprendían lo que estaban haciendo. Partieron sus vestidos, echaron suertes para repartirlos, le colocaron una corona de espinas, le causaron sed, traspasaron sus manos con clavos y su costado con una lanza, y quizá incluso habrían quebrado sus piernas para acelerar su muerte.

Este panorama resulta profundamente triste, porque estando tan cerca de la cruz, permanecían muy lejos de su significado. De la misma manera, hoy existen muchas personas que están cerca de la cruz, pero lejos de lo que ella representa.

Por ello, el profeta Jeremías recrimina esta actitud al decir: “Tú estás cerca de sus bocas, pero lejos de sus corazones” (Jeremías 12:2).

Surge entonces la pregunta: ¿debo o no llevar una cruz en el cuello, en el retrovisor del automóvil o en la pared de mi casa? Para quien apenas inicia este camino de fe, es necesario contar con fundamentos bíblicos que le permitan comprender que la respuesta no radica en el objeto, sino en su significado.

Cuando Adán y Eva estaban en el huerto del Edén, habían sido creados a imagen y semejanza de Dios, lo que implicaba la capacidad de tomar decisiones. Dos eventos lo demuestran: primero, Adán dio nombre a los animales, y esos nombres permanecen hasta hoy (Génesis 2:19). Segundo, Dios colocó en medio del huerto el árbol del conocimiento del bien y del mal y ordenó a Adán no comer de su fruto (Génesis 2:16–17).

Si Adán hubiese obedecido esa orden, habría permanecido eternamente en comunión con Dios. Sin embargo, al decidir comer del fruto, perdió esa condición de eternidad y se volvió plenamente humano, sujeto a la corrupción de la materia.

No obstante, Dios, sabiendo que el ser humano fallaría, ya tenía preparado otro plan: ofrecerle al hombre la oportunidad de volver a vivir. No se trata de una vida física, pues como dice el apóstol Pablo, “por cuanto todos pecaron, la muerte pasó a todos” (Romanos 5:12). La Escritura también afirma que no hay justo, ni aun uno.

Este segundo plan no fue ejecutado de manera repentina. Dios lo anunció con anticipación, aunque muchos no lo entendieron y otros lo interpretaron erróneamente. Para explicarlo de manera sencilla, podemos usar un ejemplo cotidiano.

Si sabemos que va a llover y vemos un nido de hormigas, podemos advertirles del peligro, pero ellas no nos entenderán. El mensaje fue recibido, pero no comprendido. Para que lo entendieran, tendrían que escucharlo de otra hormiga, en su mismo lenguaje.

De manera similar, Dios decidió enviar a Su Hijo al mundo en forma humana, para que el mensaje de salvación pudiera ser comprendido por los seres humanos. Esta explicación se presenta con profundo respeto hacia el Señor Jesús, con el único propósito de facilitar la comprensión del mensaje.

El ministerio del Señor Jesús duró aproximadamente tres años y medio, y como culminación del plan divino, Él subió a la cruz. Algunos dirán que fue llevado a ella, y físicamente así fue, pero la Escritura enseña que Él aceptó voluntariamente cumplir el plan de Dios (Salmo 40:6–10).

La cruz simboliza el paso de esta vida a otra que Dios y Su Hijo han preparado. Sin embargo, una cruz física carece de sentido si solo se lleva como objeto externo. Lo verdaderamente importante es aceptar y reconocer que Jesucristo subió a la cruz para morir por los pecadores, sustituyéndonos a todos los que merecíamos ese lugar, y dándonos esperanza cuando toda posibilidad parecía perdida.

Jesús lo hizo por ti, por mí y por muchos más. En la cruz pronunció sus últimas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, y las dijo a gran voz, entregándolo todo hasta el final. Aunque los hombres intentaron destruirlo físicamente, no pudieron quebrantar Su espíritu.

En la cruz, Jesucristo rompió la maldición que el ser humano había adquirido por su desobediencia a Dios (Romanos 5:19, 21). Por ello, no se trata de llevar una cruz física, sino de conocer, aceptar y vivir el significado profundo de la cruz.

Porque es posible estar muy cerca de la cruz, pero muy lejos de su verdadero significado y de la trascendencia que tiene para toda la humanidad (Juan 3:16).

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