Iglesia Cristiana en Veracruz | Hoy ha llegado la salvación a tu casa
Hoy ha llegado la salvación a tu casa
Durante el período en que el Señor Jesús estuvo en la tierra, Israel se encontraba bajo dominio romano. Esta subyugación implicaba, entre otros derechos ejercidos por Roma, la imposición de tributos a los israelitas. Sin embargo, el sistema de recaudación romano era particularmente notable, ya que fue diseñado con notable inteligencia.

Para implementarlo, los romanos se servían de recaudadores de impuestos, quienes eran designados en cada nación conquistada. Israel no era la excepción; allí también había cobradores designados por Roma. El mecanismo consistía en que Roma estimaba el monto total requerido, y luego asignaba a los recaudadores mediante una subasta. El mejor postor obtenía el derecho de cobranza y, antes de ejercer su función, debía entregar a Roma el precio de la subasta. De este modo, Roma aseguraba los ingresos tributarios sin necesidad de realizar la recaudación casa por casa o negocio por negocio.
Esto significaba que cada cobrador designado debía poseer considerables recursos para participar en la subasta y ejercer su cargo. El problema radicaba en que ahora era el recaudador quien debía enfrentarse directamente a la población para exigir el pago de los impuestos. Cada uno tenía derecho a ser acompañado por una guardia romana, tanto para ejercer presión como para proteger su vida y el dinero recaudado.

La Biblia registra que en Israel estos recaudadores eran conocidos como publicanos, un término que entre los israelitas era profundamente despectivo. Un publicano era visto como un pecador, no solo porque con frecuencia exigían sumas mayores a las establecidas, sino también porque se les consideraba traidores a su nación por servir a Roma.
Así, el relato bíblico nos sitúa en aquellos tiempos, específicamente en Jericó, donde un hombre de baja estatura ejercía como publicano y, además, era jefe de publicanos. Se trataba de un hombre que se enriquecía día a día mediante prácticas deshonestas, algo que a Roma no le preocupaba, pues ya había recibido lo estimado. Para los israelitas, sin embargo, eran personas desagradables y aborrecibles.
Según las Escrituras, uno de estos publicanos, llamado Zaqueo, deseaba conocer a Jesús (Lucas 19:1-3). Para entonces, muchos en Israel habían oído hablar de Jesús por su forma de enseñar, la autoridad de su doctrina y el contenido de sus mensajes. Su fama se extendía por todas partes, y mucha gente lo seguía.
Un día, cuando Jesús pasaba por Jericó, Zaqueo quería verlo y saber cómo era, pues había oído de sus enseñanzas y esta era su oportunidad de conocerlo en persona. Pero ¿por qué un publicano, considerado deshonesto y vil, quería conocer a Jesús? Zaqueo lo tenía todo materialmente: riquezas y poder. ¿Qué lo motivaba?
El relato indica que, para poder ver a Jesús, Zaqueo se subió a un árbol sicómoro (Lucas 19:4). Este detalle no es casual: el sicómoro es un árbol pariente de la higuera, de tronco ancho, raíces gruesas y ramas resistentes, común en el Oriente. Su fruto, similar al higo, se produce hasta seis veces al año, pero era considerado de baja calidad, poco agradable a la vista y al paladar. Subirse a un sicómoro para tomar su fruto era señal de pobreza y humildad extrema, y tanto el árbol como quien se subía a él eran menospreciados.
La actitud de Zaqueo al subirse al árbol reflejaba, por tanto, pobreza y humildad. Pero ¿cómo podía ser pobre y humilde un cobrador de impuestos? Muchos millonarios experimentan soledad y angustia, llegando incluso al suicidio. Cuando Jesús lo vio, no solo vio a un hombre deseoso de conocerlo, sino a alguien cuyo corazón, a pesar de su riqueza material, estaba vacío.
Su actitud atrajo la atención de Jesús, quien al pasar por el lugar le dijo: “Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy es necesario que pose en tu casa” (Lucas 19:5). ¿Por qué “hoy”? Porque el tiempo de Dios había llegado. En ese momento, Zaqueo tenía dos alternativas: permitir que Jesús entrara en su casa o negarle la entrada. El relato señala que lo recibió con gozo (Lucas 19:6). Para Zaqueo también había llegado el tiempo de llenar ese vacío interior.
Sin embargo, ¿cómo era posible que el Hijo del Dios viviente entrara y se hospedara en la casa de un publicano, considerado lo más aborrecible en Israel? La gente que seguía a Jesús inmediatamente comenzó a murmurar (Lucas 19:7), un reflejo de la tendencia a juzgar al prójimo, algo que también podemos hacer hoy.
Entonces, ¿por qué Jesús entró en la casa de un publicano? La respuesta la encontramos en Lucas 5:32: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento”. Y el relato añade: “El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Así, contra viento y marea, Jesús entró en la casa de Zaqueo.
Pero Lucas 5:32 menciona el arrepentimiento. ¿Entraría Zaqueo en esta descripción? ¿Podría un publicano, con todas sus riquezas y el poder conferido por Roma, sentir culpa? ¿Tendría algo de qué arrepentirse? Jesús no le dirigió ningún sermón, ni lo reprendió por su oficio. Fue el mismo Zaqueo quien expresó su culpa y arrepentimiento: “He aquí, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, lo devuelvo cuadruplicado” (Lucas 19:8).
Estas palabras pueden dividirse en dos partes: primero, la generosidad (“la mitad de mis bienes doy a los pobres”) y, segundo, el cumplimiento de la ley (“si en algo he defraudado a alguno, lo devuelvo cuadruplicado”, cf. Éxodo 22:1). El orden es significativo: primero la generosidad, luego la ley. Esto cautivó a Jesús: que un hombre considerado pecador por los israelitas —no por Dios— decidiera aplicar la generosidad como prioridad, sin olvidar el cumplimiento de la ley.
Muchos, en cambio, queremos primero cumplir la ley y luego ser generosos. Pero ¿cómo llegaremos a ser generosos si ni siquiera logramos cumplir la ley? (cf. Lucas 11:42). Como respuesta a la actitud de Zaqueo, Jesús declaró: “Hoy ha venido la salvación a esta casa… porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:9-10).
Zaqueo, un hombre pequeño que deseaba conocer a un gran hombre, no solo lo conoció, sino que alcanzó la salvación para su casa. Así también Jesús desea que tu casa sea salva. ¿Cómo? Aplicando lo que va más allá de la ley: la generosidad, sin dejar de hacer lo que la ley establece.